DE LUJOS Y CORRESPONSABLES-Por Luis Tarullo.-




El caso Vicentin se ha transformado en un territorio de debate minado por la política, la economía y la justicia. El gobierno quedó inmerso en un conflicto laberíntico tras resolver la intervención de la compañía. Y la firma y su conducción emergen como parte de una tradición vista a menudo en la Argentina: empresarios prósperos, empresas pobres o fundidas.
La diferencia con otras circunstancias, vale reiterarlo, está a la vista: la intervención del gobierno en el pretendido salvataje de una empresa y la lógica y consecuente polémica en torno a esa decisión, máxime cuando se menea la palabra “expropiación”.
Si bien lo dispuesto por el presidente Alberto Fernández quedó envuelto en una discusión válida, con diversas campanas que deben ser todas escuchadas, se ha generado además la oportunidad para echar luz -o bien sacar el manto que las oculta- sobre actitudes y situaciones de hombres de negocios que también conspiran contra la credibilidad del país, sobre todo cuando se trata de actividades en las que los oligopolios hacen su veranito.
Son harto conocidos los casos de empresas que han creado en torno suyas satélites de negocios que, al naufragar la nave madre, terminan derrumbados como por un tsunami.
Por ello en esta circunstancia hay que mirar todas las compañías que giran alrededor de Vicentin, incluida SanCor. Aunque algunos no lo crean o no lo sepan, la histórica láctea tiene como accionista emblema a la firma Arsa, de la cual Vicentin Family Group se hizo años atrás previo pago de 100 millones de dólares.
Vale aclarar que esa ex cooperativa no está incluida en el proceso de convocatoria de acreedores, a raíz de diferencias en torno a la composición societaria, pero se dice en los corrillos empresariales santafesinos que se alimentaría a menudo de la nodriza Vicentin. Ergo, no hay que descartar un efecto dominó.
Pero más allá de las cuestiones estrictamente relacionadas con la estructura de negocios, hay otras conductas que pueden pintar de cuerpo entero a algunos –o quizás muchos- que navegan en barcos que, al cabo de años de desmanejos, terminan siendo meras cáscaras de nueces.
Meses atrás, con la firma en crisis y con la multimillonaria deuda ya a la vista, uno de sus responsables -hoy acusado de presunto lavado de dinero- fue descubierto ostentando un bienestar propio de magnates del Primer Mundo, ubicado en las antípodas de la realidad de la empresa familiar.
Sin embargo la cosa no terminaría allí, pues se menciona otra situación tragicómica en medio de esta debacle.
En un importante edificio de Punta del Este habitan, como una ironía del destino, un acreedor de Vicentin (que estaría esperando cobrar 15 millones de dólares, dicen fuentes conocedoras del caso) y una persona miembro del clan Vicentin.
Ese integrante de la empresa familiar santafesina habría comprado otro departamento en el mismo edificio en diciembre pasado, en coincidencia con la cesación de pagos, con lo cual la ira del acreedor creció exponencialmente en un abrir y cerrar de ojos. Especialmente cuando se cruzan en el ascensor o bajan a la playa y literalmente son también vecinos de sombrillas y reposeras que el edificio tiene para sus moradores.
Con estos pocos ejemplos podría bastar entonces para perfilar a ciertos componentes de un sector de la sociedad que, más allá de las discusiones de coyuntura, quedan en evidencia ante la comunidad que a diario alimenta sus arcas.
Y de lo cual, tampoco hay que olvidar, no está desvinculado el sector político, sobre todo cuando tiene la mano fácil para soltar dinero a quienes terminan declarándose insolventes (eso sí, la nave y no sus capitanes). Lo que los convierte, al fin, y por decirlo de una manera prudente, en corresponsables.



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