EN UN ESCENARIO BAMBOLEANTE-Por Luis Tarullo-



Las alianzas políticas en la Argentina suelen estar destinadas a la implosión, ya que desde hace décadas han prevalecido en su constitución los intereses y las conveniencias por sobre las convicciones.
Y ello ha ocurrido en las diversas coaliciones más allá de los colores del tronco en torno al cual se construyen. Tanto el peronismo como el radicalismo -y el más novel PRO- han dado sobradas muestras de ello.
En la actualidad, como todo el mundo sabe, el Frente de Todos se armó merced a un acuerdo del kirchnerismo duro y las otras opciones partidarias, tras lo cual se soldó la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner, que le garantizó el triunfo en 2019.
Y en ese marco hay rumbos y decisiones que innegablemente se sostienen con fórceps, aunque en la actualidad esa situación pueda quedar disimulada por las urgencias y prioridades de la pandemia del coronavirus.
Pero conocido es que el peronismo sabe muy bien aquello de la ambición de poder y entonces a la vez suele generar anticuerpos sólidos para evitar que los virus de la división lo afecten al menos inmediatamente.
Y la oposición actual no le va en zaga, especialmente después de la derrota del año pasado y ante las actuales circunstancias en la que se están viendo sociedades políticas obligadas por la pandemia pero que indudablemente hacen mella en el caparazón y el corazón de Juntos por el Cambio.
La retirada de Elisa Carrió -que por estos días ha reaparecido con frases menos incendiarias que en otras épocas-, la intrascendencia del ex presidente Mauricio Macri, que tuvo un par de discutibles intervenciones y se mueve con la masa del PRO, y la armonía entre el hoy más reconocido dirigente de ese espacio -el alcalde porteño Horacio Rodríguez Larreta- y el presidente Alberto Fernández están provocando evidentes fisuras en JxC.
Los gobernadores radicales -Gerardo Morales (Jujuy), Gustavo Valdés (Corrientes) y Rodolfo Suárez (Mendoza)- lanzan alguna munición de fogueo en determinados momentos pero en definitiva siguen en línea con el gobierno nacional, que abastece a sus provincias política y económicamente.
En ese marco, Mendoza tiene a Suárez y al ex gobernador Alfredo Cornejo jugando el rol del “policía bueno” y el “policía malo”, respectivamente. En cambio, sus otros dos colegas tienen autonomía y son patrón y sota en sus Estados.
Como si fuera poco, desde el propio PRO hablan de renovación y reinvención -como lo ha hecho recientemente el ex ministro del Interior Rogelio Frigerio- y tratan de desmarcarse de las investigaciones por presunto espionaje de la Agencia Federal de Inteligencia macrista, con el propio Macri en la mira de la Justicia.
Las dudas van in crescendo para las dos coaliciones que tienen el monopolio del poder en la Argentina. Pero la retracción de la actividad política y las limitaciones de la tarea legislativa, por ejemplo, obligada por la pandemia, se traducen en hándicap para el gobierno y en complicaciones para una oposición en la cual conviven muchos cuya suerte política se jugará en esta particular época que tendrá una primera estación en las elecciones de medio término del año que viene.
Claro que todos deberán tener en cuenta un dato fundamental: están sobre un escenario como nunca tan bamboleante, con un país como espectador que premiará o hará tronar el escarmiento para unos y otros justamente cuando llegue el momento de la implacable voz de las urnas.



 

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