Pronóstico extendido: Alta probabilidad de vientos de divorcio entre la gente y el Gobierno- Por Roberto Anselmino-

Sorpresa fue la marcha del 17 de agosto. Nadie, ni siquiera la oposición, la esperaba tan numerosa. ¿Qué pasó o no pasó para que ocurra este fenómeno? ¿Es el preludio de las grandes marchas que arrancaron en 2012? Hay un sólo diagnóstico que engloba a toda la sintomatología política y social: la agenda del gobierno no es la agenda de la gente. Y esto dispara la bronca de aquellos que votaron a Alberto Fernández desilusionados con el gobierno de Mauricio Macri

La vapuleada clase media se muestra con nauseas. Está asqueada de comer sapos, tanto del actual oficialismo como del anterior. Es natural el sentimiento ante la larga y fatigante política sanitaria (cuarentena mediante) contra el COVID-19, la ausencia de políticas económicas largamente esperadas y la imposición de proyectos inexistentes entre las prioridades de la gente. Quienes le prestaron el voto a Alberto Fernández ahora empiezan a rebelarse. ¿Ya hay cuenta regresiva para nuevos cacerolazos?

Alberto Fernández y toda la coalición de gobierno parecen no darse cuenta de los motivos por los que llegaron a la Rosada. Se olvidan que fue gracias a la estrategia política de presentar la imagen de un peronismo unido y, sobre todo, por la bronca de los votantes que vieron a Macri como el ideólogo y articulador del fracaso económico de su gestión. A la oposición y al oficialismo parece que “no les cae la ficha” de que un alto porcentaje de votantes presta el voto y decide elecciones, presidenciales o parlamentarias.

Y si la agenda del Instituto Patria y Cristina Fernández pesa más en la agenda del Gobierno nacional que la agenda de la gente, en las próximas elecciones habrá un alto costo electoral que pagar, y no hay fondos en la cuenta política que dé oxígeno. 

Es evidente. Empiezan a soplar los vientos de divorcio entre un sector del electorado que votó al actual oficialismo y el propio gobierno. Y en Olivos hay miopía: no ven el peligro que estos vientos se conviertan en un huracán.

Es básico. Se clama desde marzo por un plan económico que preserve a las empresas, pero más de 35000 pymes habrán desaparecido, junto a sus puestos de trabajo, para cuando entremos en “la nueva normalidad”. Sindicatos y organizaciones empresarias claman por un diálogo para lograr el consenso necesario en un plan económico estratégico, creativo y ejecutivo. Admirable la paciencia ante la indiferencia. ¿Dónde está el Consejo Económico Social prometido? 

Sindicatos y empresas con conscientes que hay que llegar a la post pandemia con la profunda incertidumbre neutralizada, la misma que siempre controló el timón de la macroeconomía. Hay 60 medidas que hace tres semanas con fanfarrias “anunciaron que se iban a anunciar”, y aún no hay una sola novedad. Parece una tomadura de pelo ante tanto dolor de cerrar y ver cerrar persianas y dejar a su personal sin el pan de cada día, porque simplemente no se puede seguir.

No sólo no hubo plan de contingencia económica para preservar el entramado económico, sino que la seguridad (unos de las mayores preocupaciones de los ciudadanos) fue cacheteada con la suelta de presos, y ahora buscan una reforma judicial (con el abogado de CFK como miembro de la comisión de “notables”) sin hacer primero la reforma del código penal que cajonearon quien sabe por qué.

Aunque traten de disfrazar la realidad no hay plan económico, no hay plan social (solo son medidas escasamente paliativas), no hay política de seguridad, no hay medidas profundas e innovadores que terminen con una incertidumbre asfixiante. Y el colmo: las internas en el oficialismo son desgarradoramente absurdas e inoportunas.

La sensación (que según su intensidad funciona como detonador de explosivas crisis sociales) es que la agenda de Cristina Fernández se impone por sobre la agenda que necesita la gente…. toda la gente. O sea, el pueblo de la nación argentina.

Alberto Fernández debe recordar que llegó a la presidencia con el voto prestado del votante desilusionado con Cambiemos. Por lo que quedarse en su sitio de confort o, por el contrario, despegarse de la ex presidente marcará su futuro político y el de todo el gobierno… y el de todos los argentinos. 

El tiempo corre y no juega precisamente a favor del Presidente. Deberá optar, y pronto: por la agenda que la gente cree que le imponen o por la agenda que pide la gente. 

En ambos casos, el jugada sería arriesgada porque cualquiera de estas opciones tendrá un alto costo político y en votos. Deberá valorar entonces si gobierna para la gente o gobierna para una sola persona rodeada de una ideológicamente cerrada militancia. En pocas palabras su decisión desnudará el espíritu de estadista que el país necesita urgentemente o marcará a fuego el calificativo de “un político más del montón” que se divorcia de un importante sector de la sociedad desesperada por mirar un horizonte de bienestar que hace años que no ve.



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