La Bastilla, el Guernica y Groucho Marx en la saga consorcial-Por Patricia Vásquez.

Como en una serie televisiva, de atractivos e hilarantes capítulos, transita la vida en los consorcios, protagonizada por un abanico de actores que van desde los despreocupados de siempre hasta los descontentos consuetudinarios, cruzados todos por la expectativa y la fe puesta en que soplen vientos mejores el próximo año.

El distanciamiento social con sus aperturas, revitalizó las energías de los propietarios frente a la necesidad de recobrar la normalidad en los edificios, sobre todo en aquellos donde el administrador, sin cuarentena mediante, hubiese sido removido. O donde no se lo destituyó porque no realizó la Asamblea Ordinaria – que pone a consideración la rendición de cuentas anual y el mandato – en tiempo y forma.

En el medio, el Gobierno porteño prorrogó nuevamente los mandatos hasta el próximo jueves 31 inclusive. Siempre con la salvedad que si los propietarios se oponen a esta extensión y remover al administrador, pueden reunirse en Asamblea virtual o presencial, esta última con los recaudados sanitarios exigidos.

Lo concreto es que en ese afán salvador reaparecieron en escena propietarios con espíritu cuestionador, acusador y también “los entendidos”, raza especial consultiva para conducir (generalmente) a ninguna parte, un éter en que se evaporan reglamentos y normas. Y especialistas en espolear al resto a desaguisados costosos de resolver.

Tal el caso del propietario que cuestionó severamente al administrador porque no cumplió los días exigidos para el llamado a Asamblea Extraordinaria, creando una revolución cercana a la toma de la Bastilla. Claro que no tuvo en cuenta el término máximo. Todos los reglamentos fijan un máximo y un mínimo de días para la convocatoria.

Tampoco que la Asamblea era para conseguir los recursos, vía aumento de expensas, para pagar la elevadísima facturación de gas adeudada y la próxima a vencer. Entre ambas casi 400 mil pesos. Diligente y por la premura de la situación, el administrador convocó con 8 días de anticipación y no 10 días. En regla, porque estaba en el lapso de los mínimos de convocatoria.  Aquí el propietario antepuso su interpretación sesgada del Reglamento, por sobre el endeudamiento del Consorcio con intereses, inclusive. Una muestra de carencia del sentido común.

Diferencia notable con el administrador que apeló a la creatividad para exponer la necesidad de realizar urgentes trabajos. Una muestra fotográfica de cañerías y partes comunes en absoluto estropicio, exhibida en una pared de ingreso, para concitar la atención de aquellos propietarios que suelen relativizar uno de los temas centrales en la vida de un edificio.

Una suerte de Guernica comunicacional, de ingeniosa didáctica, que pone en foco los problemas que se deben resolver sin vueltas. Esta responsabilidad, no crean que exime al mandante legal de críticas. Por vigencia del palos porque bogas, palos porque no bogas.

En otro edificio, de elegante barrio porteño, un grupo de “entendidos” designó, sin Asamblea y sin el aval del resto, un nuevo administrador porque el vigente no resolvió el abandono de funciones del encargado que, enamorado casi como adolescente, abandonó la vivienda, esposa e hijo y sus funciones en el edificio.

Pero como la destitución fue verbal, el mandante legal pudo continuar con el manejo de los fondos del Consorcio, y colocarlos en plazo fijo un día antes de renunciar. Claro que, en cuenta propia, por no contar el edificio con una cuenta bancaria.

Un cuadro complejo si sumamos la administración doble y que el encargado, que alega persecución en su contra, quiere ahora retornar a sus funciones pero sin vivienda, dejando en pampa y la vía a su esposa. Y si anotamos los muchos vecinos que rechazan desalojarla porque hace trabajos de limpieza en sus departamentos. Una novela digna de Migré.

Un desafío enorme para el nuevo administrador cuya designación no fue plasmada en el Libro de Actas, porque el anterior mandatario “lo perdió”, pero tampoco aparece formalizado en acta volante porque, los llamados entendidos, no convocaron un escribano que validara el acto.

Situaciones risueñas pero preocupantes que, en definitiva, muestran la necesidad de poner en una balanza las acciones de unos y otros, sopesar el rol, el papel del propietario que levanta el dedo acusador, del que se nutre del radio pasillo pero que no participa. De aquellos que con excusa de manual “falta de tiempo” no quieren integrar el Consejo de Propietarios. Pero animan al resto en una parodia que rescata una las mejores frases de Groucho Marx: “animémonos y vayan”.  

La pregunta que cabe es si acaso un administrador es malo porque lo permitimos, por despreocupación temprana, o porque no hace lo que  queremos que haga aunque los derechos y normativas queden dados vuelta.

Los malos administradores, vivillos con el lápiz, incumplidores de la ley van a existir siempre si no aplicamos, con dispensa de Groucho el “animémonos y vayamos”, tratando de no atropellar las normas del Consorcio en el camino.

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